domingo, 22 de febrero de 2026

Difusión

Otras miradas sobre la Historia de Archidona y la Guía Artística de Archidona

Imagen extraída del libro La Historia de Archidona contada para niños de Rocío González Tirado.

    Han pasado muchos años desde que se publicaran dos obras emblemáticas sobre la historia y patrimonio de nuestro pueblo: la Historia de Archidona ha cumplido más de medio siglo desde que allá por el año 1973 llegara a manos de los lectores; la Guía Artística de Archidona, editada en 1984, aunque rejuvenecida y reeditada en 1992, ya ha pasado a una etapa cuadragenaria. Pese a su madurez, ambas obras constituyen un imprescindible venero de información para todo aquel que se acerque a conocer el pasado de Archidona; una y otra son suficientemente conocidas y han sido reseñadas por especialistas en la materia en sendos números de Rayya (17 y 21). Sin embargo, creemos oportuno ofrecer un acercamiento a estas obras y a sus autores desde una perspectiva no académica, sino personal, familiar, de amistad; y para ello, nadie mejor que los recuerdos de una hija y de un buen amigo. Los testimonios y comentarios que siguen, de Jesús Nuevo Ábalos y de Belén Ceballos Aguilar, revelan las vicisitudes que Ricardo Conejo y M.a Dolores Aguilar debieron afrontar durante el arduo proceso de investigación y redacción para obsequiarnos magnánimamente con sus libros.

    Animamos a compartir en este blog la visión personal de amigos y conocidos de los autores (Ricardo Conejo y M.a Dolores Aguilar) y los comentarios de sus lectores.

Juan Luis Espejo Lara. Director de Rayya.



Curiosidades personales sobre la realización de la obra

Historia de Archidona de D. Ricardo Conejo Ramilo


Jesús Nuevo Ábalos

 

A finales de 1972, mi padre Víctor Nuevo me llama y me comenta que D. Ricardo ha hablado con él para pedirle permiso para que yo acuda hasta su casa y le ayude a corregir un libro que está escribiendo. Mi padre no sabe explicarme más, pero me dice si estaría dispuesto a acudir por las tardes entre semana. Yo acepto y me mantengo con una curiosidad muy alta, pues tenía mucha inquietud por todo aquello que sonara a historia, que el propio D. Ricardo conocía por mi participación en un grupo de arqueología que tenía con mis amigos.

    Así que una tarde, y luego durante unos cuatro meses, casi siempre sobre las cuatro, me dirigía hasta su casa en la calle Carrera donde él estaba.

    He de decir que lo que les voy a relatar para nada tiene que ver con el rigor que requiere la Historia, y solo es eso, la vivencia personal que yo tuve con él y su obra: Historia de Archidona.

    He dividido el relato en pequeñas partes para así hacerlo más fácil de entender para ustedes, los que lo van a leer, y para mí, a la hora de organizarlo y presentarlo.

 

        La Acción.

 

    Desde ese primer día, en el que acudí hasta su despacho, él me recibió con gratitud por estar allí. Me explicó que nuestro trabajo consistiría en:

    - "Corregir las pruebas de imprenta sobre un libro de la Historia de Archidona que he escrito. Tendremos que cotejar el original con esas pruebas y buscar los fallos o errores de ortografía y formato, alguna que otra discrepancia entre los datos y las citas y, también, si algo se ha omitido o pueda resultar redundante. Además, que se respete el orden que he querido proporcionarle. Esto quiere decir que tendremos que darle varias vueltas al libro hasta dejarlo pulido y sin ningún fallo."

    Y de esta manera, me ordenó que me sentara frente a él en la mesa de trabajo de su despacho donde realizábamos dicha corrección.

    Yo comenzaba a leer el original, sin dejar de omitir palabra alguna o signo, como qué tipo de punto era: si seguido, o punto y aparte, o cualquier otro. Cuando venían nombres propios, o en latín, los deletreábamos. Y cuando encontrábamos un fallo, lo marcábamos sobre la palabra que lo contenía, por ejemplo, con una L invertida, repitiendo la misma marca en el margen en blanco de la prueba que corregíamos, para advertirle a la imprenta que ahí había un error.

    Todo el original estaba limpio e impoluto, escrito con una máquina de escribir eléctrica de la marca IBM, que utilizaba una bola donde se alojaban los caracteres y cuyo resultado final, parecía haberse sacado ya de una imprenta. Para mí aquello era toda una novedad desconocida hasta ese momento. Para realizar todo ese basto, y a la vez fino trabajo, de escribir el tomo que resultó, creo que se ayudó de un mecanógrafo profesional: Antonio Muñoz Xerna, por las referencias que me hizo en más de una ocasión.

    Cuando gané su confianza y ya le habíamos dado la primera vuelta al libro, yo me llevaba a casa el original y la prueba de imprenta y los corregía solo otra vez, depurando así cualquier olvido.

    Al terminar cada tarde las correcciones, las metía en un gran sobre que cerraba y en el que rotulaba una dirección que no he llegado a olvidar, por el número de veces que la escribí, para certificarlo al día siguiente en Correos: "Litografía Anel, San Vicente Ferrer 13. Granada".

    Durante los meses que duró aquella aventura para mí, acudí siempre con mucha ilusión, pues cada día era una inmersión, no solo en la historia de mi pueblo, sino también en las anécdotas que me contaba, y de las que les referiré algunas. D. Ricardo hacía aquello con tanta pasión, que me contagiaba y me transportaba a nuestras calles con los personajes que aún parecían habitar en mi pueblo y que me eran invisibles.

    No había pausa en el empeño de repasar una y otra vez pruebas y más pruebas. En pocas ocasiones fue interrumpido nuestro trabajo, y cuando sucedía, porque se presentaba una urgencia médica, cuando esta era despachada lo retomábamos inmediatamente.

    Algunos días lo encontraba cansado, después de haber empleado toda su consciencia en la consulta clínica que pasaba en la mañana. O porque había trasnochado, leyendo algún legajo sobre el que trabajaba en el Archivo Municipal, o contrastando con obras de otros autores. Lo sentía muy concienzudo con todo lo que hacía. En esas tardes, y cuando yo le leía y él corregía, se quedaba dormido con el arrullo de mi voz; lo dejaba estar, pues creía que necesitaba dar una cabezada, hasta que despertaba por el ruido de un coche pasando por la calle, y entonces se sobresaltaba y me decía: -"Repite desde el último punto". Aquello, me parecía, que le hacía sentir vergüenza, por lo que disimulaba y comenzábamos de nuevo como si aquello no hubiese ocurrido.

    Todo esto se repetía dos, tres veces en la semana, hasta ese día final en que se envió la última corrección, allá por la primavera de 1973.

    Cuando finalizamos, me mostró su agradecimiento y me dijo que sentía: -"no incluir tu nombre como agradecimiento en algún lugar del libro. Pero quiero decirte que el primer libro se lo he ofrecido a mi madre, y este segundo será para ti”. Y lo abrió, busco una página interior, como el que busca un lugar seguro e íntimo, y en la página 9, debajo de los dos epígrafes que hay, me escribió con su bonita caligrafía:

"A don Jesús Nuevo Ábalos -mi amigo Jesús- con el agradecimiento a su colaboración en la difícil, compleja y paciente labor de corregir pruebas… y más pruebas. Siempre recordaré esta colaboración. 12-9-73 El Autor."


El Lugar.

 

Tiene el lugar, también, un recuerdo para mí muy anecdótico por cosas singulares. Cuando accedía a la casa lo hacía por la entrada de la calle Carrera. El zaguán era, además, la sala de espera para los pacientes que acudían a su consulta. Un gran banco de madera de pino situado a la izquierda ya indicaba dónde te encontrabas. Sobre la pared de ese espacio, algunos carteles advertían sobre algunas reglas a cumplir: "La consulta es de 11 a 1:30 y no de 1:30 a 11”. Cuando le pregunté sobre este mensaje, me decía que siempre venía algún rezagado a última hora y lo tergiversaba, así quedarían advertidos. No le gustaban los representantes médicos, siempre dispuestos a interrumpir y a contar sus retahílas interminables como casquivanos. A ellos se refería en un cartel: "A los señores representantes. Corresponde al dueño de la casa iniciar el saludo y no al que viene de la calle (sacado de un libro de cortesía chino)". Y cuando alguien venía con instrucciones de otros les advertía: "Está prohibido recetar lo que dice otro médico, la vecina o el jefe de policía".

    La entrada estaba franqueada por una sólida cancela de hierro forjado y pintado de blanco. Mostraba un gran patio interior que siempre estaba inundado por la luz que se colaba por su techo acristalado. Al frente, un gran mosaico con la Virgen del Carmen, flanqueado por dos farolillos, y adornando todo el espacio plantas de aspidistra y una gran costilla de Adán. A los lados del mosaico arrancaban las dos escaleras, que se unían formando una meseta sobre el mosaico para, de nuevo, divergir hasta llegar a la galería superior, donde una gran cristalera hacía vislumbrar una habitación que ocultaban unos visillos y tras los cuales, se podía ver el techo y una gran lámpara.

    Cada tarde, al llegar, tocaba el timbre en la parte derecha de la cancela. Normalmente salía el mismo D. Ricardo a ese patio interior y entonces, emitía un silbido, tras el cual, se dejaba ver en la galería superior del patio una de las chicas que trabajaba para la familia, que dirigiéndose hacia una grande y larga soga que pendía de la baranda y la recorría hasta descender a un pequeño nicho, situado a la altura de la cerradura de la cancela, accionaba el mecanismo que la abría.

    Una vez dentro, y hacia la izquierda, nos dirigíamos a su despacho-consulta, atravesando una puerta costosa de abrir. En invierno, debido a las humedades, creo que no había casa en el pueblo que no sufriera con las puertas de madera. Estas se hinchaban y dificultaban su apertura, teniéndolas que empujar para vencer la resistencia que otro parecía estar haciendo en sentido contrario.

    Él, ataviado con su bata blanca de médico, y cuyos puños se cerraban sobre las muñecas, mostraba pequeñas manchas de tinta en los antebrazos. El bolígrafo era una herramienta imprescindible y casi siempre llevaba uno en la mano, o en sus bolsillos. Me abría paso hasta aquel su santuario y me pedía que no tocara nada. Entonces realizaba un ritual propio de su oficio y que repetíamos todos los días. Cogía un frasco de los que se usan en los laboratorios, estrecho por su cuello, que lo cerraba un tapón del que salía un tubo curvado. Me decía entonces: -"¡¿el chorrito?!", y empujando las paredes del frasco dejaba caer sobre mis manos un poco de alcohol. También en las suyas, y después, sobre el cristal que cubría la mesa. Cuando todo estaba limpio, como si fuera un pequeño altar, sacaba el sobre con el original y las copias a corregir, para extenderlo sobre la mesa y comenzar nuestro trabajo.

    La habitación, en forma de escuadra, estaba ocupada en una de sus ramas por mobiliario propio de una consulta: mesa, vitrinas, una camilla y una ventana con cristales esmerilados, los cuales nos proporcionaban suficiente luz, y a la vez ofrecían la privacidad necesaria para la actividad principal que allí se desarrollaba. En la otra rama de la escuadra, un aparato de Rayos X, la Pantalla como se le llamaba coloquialmente. Junto a ese gran armatoste estaba la silla que yo utilizaba y sobre ella, el delantal de plomo, para proteger al explorador. Una gran estufa eléctrica nos proporcionaba un discreto calor.

    Y por supuesto, no me puedo olvidar de un objeto curioso que se encontraba sobre la mesa. En aquellos momentos, fumar estaba permitido hasta en las consultas médicas, y así, sobre la mesa, había un extraño artilugio que tenía una base rectangular de apariencia de madera oscura, no más grande que una cuartilla. En un extremo, sobre la placa, había una caja del tamaño de una cajetilla de cigarrillos, al otro lado, un pájaro que parecía una cigüeña. Desde un costado se accionaba una palanca y entonces la cigüeña se adelantaba y se encorvaba para dirigir su pico hacia la caja, la cual abría su tapa superior, dejando al descubierto los cigarrillos que contenía. El pájaro tomaba con su pico uno de los cigarrillos que era ofrecido al fumador.

    Un día se levantó y, tras abrir una de las vitrinas que tenía colgadas en la pared, sacó una plancha de cobre, con la que debieron de confeccionarse las litografías de sor María del Socorro Astorga Liceras. Me habló de ella, su parentesco, dónde vivió y la devoción que se le profesó; de su enterramiento dentro del convento de las Mínimas y de cómo había pasado al olvido, como tantos otros personajes. Fue un singular descubrimiento.

     Lugares curiosos y, para mí, desconocidos. 

    En las muchas horas que debió echar para recopilar toda la información que contenía su Historia de Archidona, le llevó a conocer detalles sobre casas, calles… Y cuando las describía de forma oral, a mí me resultaba una historia más de la cotidianidad de un pueblo donde vivían gentes muy parecidas a las actuales. Por ejemplo, me relató cómo la calle Siles se denominó así porqué en ella vivían dos hermanas, que emparentó con mi abuela. Eran las hermanas Gil, de esta, Giles, en las transcripciones. La G manuscrita (G) se transformó en S por algún error del escribano, y de ahí, me decía, pasó a ser Siles.

    Me describió el paso de José Bonaparte (Pepe Botella) por la Villa, y cómo fue a alojarse en la casa que hoy es un solar en la calle Carrera, cerca de la calleja Estrecha. En mis fantasías, me imaginaba en aquellos días cuando la casa aún permanecía en pie, y pude entrar para verla, oír el trasiego de la gente y mirar entre los visillos de las ventanas del piso bajo a tan ilustre y poco querido visitante.

    Un poco más allá de su casa, camino de los Poyos, intuí que debía empezar la citarilla que creo se extendía hasta ese mismo jardincillo. -"Fíjate en todas las casas de esta acera, cómo están en un nivel superior a la calle” me decía. Y así imaginaba, con su relato, cómo fue demolida la citarilla después de que unos emisarios de la reina Isabel II se desplazaran hasta Archidona, con sus varas de medir, y les indicaran a las autoridades que debían derruir esta, para que el carruaje de la reina pasará camino de Antequera sin dificultad.

    También me relató cómo en una enciclopedia de finales del XIX figuraba que la estación de ferrocarril de Archidona estaba situada en los Molinillos, pues en un primer proyecto se pensó que el tren entrara por las Huertas del Río, y subiendo todo el Arroyo Marín, se encaminara por ahí hasta Salinas, dirección a Granada.

    Y otra de las que me resultó más curiosa fue la de cómo un Alcalde o Corregidor, lleno de rabia y dolido por un accidente nocturno que casi le abre el cráneo, decidió que se eliminaran todos los cierros que poseían las casas en su planta baja y que ocupaban una parte de la calle, como los podemos ver en poblaciones de la Andalucía Occidental, como Osuna. En algunas casas de las calles Carrera y Nueva aún se pueden ver estos cierros, pero retranqueados de la fachada principal.

 

        Personajes que me impactaron.

 

    Para mí había tres personajes que me llamaron la atención, bien porque me recuerdan a Archidona fuera de ella, o bien por el relato con los que D. Ricardo me deleitaba hablando de ellos.

    El primero y más anónimo, y que todavía permanece así para la gran mayoría de los archidoneses, fue fray Martín de León y Cárdenas. Me contaba D. Ricardo que D. Diego Vázquez, director del antiguo Colegio Menor, que ocupó el lugar que hoy es el Ayuntamiento, le pidió un nombre de un personaje ilustre que nombrara esta institución. La elección recayó sobre este padre agustino que llegó a ser obispo en Pozzuoli, junto a la ciudad de Nápoles, y arzobispo en Palermo (donde está enterrado). Para mí era todo un héroe, y más cuando poco a poco fui conociendo muchas de sus obras en aquel reino lejano. No pude dejar de buscarlo y conocer los lugares que él vio y en los que dejó su huella.


    Me llené de satisfacción la primera vez que visité Pozzuoli, y vi la estatua que aún se conserva de él desde el XVII en la plaza de la República. Y cómo las gentes de aquel lugar todavía hablan de él como benefactor, después que la ciudad sufriera muchos daños materiales y humanos por un terremoto y mantienen su imagen en ese lugar, no sin cierta superstición, para que no vuelva a repetirse tal calamidad. Pero lo que más me gustó es que en un lugar tan remoto, me dijeran que era natural de Archidona, cosa que aquí es tan desconocido.

    Otro personaje que me hablaba de mi pueblo lejos de él, y que traía para mí el recuerdo de estos días con D. Ricardo, era el almirante Augusto Miranda Godoy. Existe en la ciudad de Maó, en la isla de Menorca (Baleares), una plaza que llaman "La Miranda" y en ella hay un gran busto de este, nuestro paisano. Desde hace más de una década, visito casi anualmente esta ciudad, y no puedo resistirme el ir hasta allí y contemplar las hermosas vistas que tiene este lugar al fondo de la bahía del puerto, donde se ubica la ciudad, frente a la base naval que él proyectó y por la que lo recuerdan en la isla.



    
Por último, y casi como de un relato policial se tratara, dejándome atónito, estaba "La bomba de Palomero". Eran dos historias en una.

    Por un lado, los hechos, en los que se le inculpa a Ricardo Peris Mercier por el asesinato de Manuel Palomero y Moreno y su esposa, Dolores González Sánchez de la Fuente. Me parecía estar en la calle Carrera, allí cerca de los Poyos, donde sucedió todo, y oír el ruido de la explosión, los vecinos saliendo despavoridos ante el gran ruido, cristales rotos, fuego. Y sobre todo, la escena del cuerpo mutilado de él, y ella sangrando al otro lado de la mesa. Después vendrían las investigaciones y el papel fundamental desempeñado por los peritos, que fueron los escolapios, los disfraces del autor para entregar la explosiva mercancía, los peritajes caligráficos y todos los que de alguna manera indirecta intervinieron y luego fueron testigos para inculpar al autor.

    Y por otro lado, la existencia de un libro contando esta historia y que estaba en la biblioteca de los escolapios. Una edición de finales del XIX que fue sustraída y pasó por varias manos, o tuvo muchas manos que querían poseerla. Todo un relato que me emocionó al escucharlo y leerlo en ese ejemplar, tan querido por algunos.

     Y este fue mi paso por la Historia de Archidona de D. Ricardo Conejo Ramilo.




Recuerdos de una madre. María Dolores Aguilar: conciliación familiar,

dedicación docente y constancia investigadora.


Belén Ceballos Aguilar


    M.ª Dolores Aguilar García, mi madre, nació el 6 de junio de 1946 en Archidona, en medio de una gran tormenta que arrasó la cosecha estival pero tomándolo como buen augurio por los truenos y relámpagos que fueron compañeros de su primer llanto.

    Nació en una casa preciosa volcada hacía la Vega en una terraza amplísima, con baldosas grises, acompañada de un patio donde una pila de piedra recibía un constante caño de agua, como si de plata derretida se tratase.

    Terminaría viviendo en la que sería su casa en Calle Carrera 14, lugar de nacimiento de su único hermano, Pepe.

    Recuerdo como mi madre nos contaba que a los 6 años la llevaron interna a Granada, en el Sagrado Corazón. Ahora adulta puedo darme cuenta de que esos años fueron difíciles para ella. Mientras el colegio la preparó para su gran éxito laboral, la “niña” vivió a la distancia de sus seres más queridos. Más tarde, su abuela, La “señá Clementina”, se mudó a Granada mientras duraron sus estudios universitarios en Filosofía y Letras, H.ª del Arte.

    Ahora puedo ver que esta experiencia de vida, aprender a sostenerse en lo incómodo que le fue presentando la vida junto a una gran voluntad en el trabajo, dotaron a mi madre de una sólida formación que le permitió desarrollar una actividad profesional de la que son testigos los cientos de alumnos que aún hoy la recuerdan. Mi madre fue una de las pioneras como mujer en realizar un puesto de trabajo, en lo que hoy llamamos, conciliación laboral.

    Ella, cada tarde preparaba sus clases del día siguiente, buscaba la diapositiva perfecta para explicar un tipo de arco o cualquier detalle que creyese importante. Muchas de estas fotografías las realizaba mi padre en sus viajes que siempre, por supuesto, estaban inmersos en la Historia del Arte.

    La recuerdo siempre investigando, en el archivo de la Catedral de Málaga e ideando el próximo libro que iba a escribir. Aunque era muy niña cuando se publicó la primera edición de la Guía Histórico-Artística de Archidona (1984), recuerdo parte del proceso. En su mesa de estudio con dedicación, constancia y con un detalle exhaustivo, pasaba horas y horas. Sencilla como era, en una cajita de galletas, abiertas por arriba, tenía con recortes pequeños de papel, las notas de pie de página que luego irían en el detalle del libro. Y buscando patrocinadores para el libro. Esta primera edición corrió a cargo de la Diputación de Málaga, la segunda ya fue el Ayuntamiento de Archidona quien la publicó.

    Hace unos años conocí a Bartolomé Ruiz González, quien ha sido director del Conjunto Arqueológico Dólmenes de Antequera. Cuando me presenté y, con el paso de la conversación, comentamos que era la hija de M.ª Dolores Aguilar, enseguida sus palabras fueron de elogio hacia ella. Durante muchos años Bartolomé Ruiz ocupó puestos de Dirección General en la Junta de Andalucía, ligados al patrimonio Cultural. Y me contó cómo mi madre nunca cesó de escribirle cartas a puño y letra, al comienzo, reivindicando retablos, imágenes, etc., de Archidona. Todas estas peticiones eran apoyadas por su investigación, donde se refería la Historia de nuestro pueblo y de nuestro patrimonio cultural. Y cuando acababa un proceso de petición, habitualmente con éxito, a los pocos días, con su tesón y constancia, llegaba otra carta y comenzaba otro nuevo proceso. 

    El papel que desarrolló en la sociedad y su amor a sus raíces han sido evidentes en todo lo que realizó por su querida Archidona, presente siempre en su trabajo, en sus reivindicaciones y en la vida; la investigación, defensa y recuperación del patrimonio que ella llevó a cabo empezó en su preocupación y ocupación por este rincón tan querido, pasando luego a una posición militante en la conservación y divulgación del patrimonio andaluz y español.

    Yo estoy segura que desde el cielo en un lugar privilegiado cerca de la Ermita de la Virgen de Gracia, tiene a Archidona y a sus calles frente a ella.

    Desde aquí animo a todos los archidoneses a seguir investigando y defendiendo la historia de Archidona y a hacer todo lo que hay en nuestra mano, cada uno desde sus oficios, para hacer a nuestro pueblo a avanzar, crecer y desarrollarse. Para ofrecer servicios y afrontar los desafíos que se nos presentan en años venideros, con la finalidad de que Archidona esté entre los primeros pueblos de la provincia.

domingo, 8 de febrero de 2026

Difusión

Ya se encuentra alojado en Dialnet, la mayor hemeroteca de artículos científicos hispanos en Internet, el sumario del n.º 21 de Rayya.



jueves, 8 de enero de 2026

Acto de Presentación Rayya 21

                                                                     Foto: Mercedes Carralero.

La presentación del número 21 de
Rayya. Revista de investigación sobre la historia y el patrimonio de Archidona y la comarca Nororiental de Málaga, el pasado 27 de diciembre, volvió a convertirse en un importante punto de encuentro para la vida cultural del municipio. Asistieron al acto numerosas personas vinculadas al ámbito social, político y cultural de Archidona, y de fuera de ella, mostrando, una vez más, el respaldo y acogida que esta publicación tiene.

La presentación tuvo lugar en la Sala de Investigadores del Archivo Histórico Municipal de Archidona, antigua biblioteca; un espacio especialmente simbólico por el vínculo que mantiene con la memoria documental y cultural del pueblo.

Entre las autoridades presentes se encontraban el alcalde de Archidona, Manuel Almohalla, y el concejal de Cultura, Pablo Garrido y algunos miembros de la Corporación Municipal. También asistieron varios componentes del Consejo de Redacción, como: Esther Cruces, directora del Archivo General de Indias; María Luisa Gómez, profesora de Geografía de la UMA, e Isabel Rodríguez Alemán, doctora en Historia Moderna y Contemporánea y catedrática de instituto, Isabel Nuevo, licenciada en Historia del Arte. También asistió Sebastián del Pino, arquitecto y miembro de la Real Academia de las Artes Nobles de Antequera, integrantes del Club de Lectura de Archidona, así como numerosos vecinos y vecinas, fieles seguidores de la Revista.

El acto fue conducido por Sole Nuevo, bibliotecaria municipal y secretaria de Rayya, quien sirvió de hilo conductor durante toda la presentación, creando un ambiente distendido y cercano.


La mesa estuvo compuesta por el
alcalde de Archidona, el concejal de Cultura y el director de la revista, Juan Luis Espejo Lara. Abrió el turno de intervenciones Manuel Almohalla, quien dio la bienvenida a todos los asistentes y destacó la importancia de esta publicación que desde hace 21 años se viene editando sin interrupción. Subrayó igualmente cómo las distintas corporaciones municipales que han pasado por el Ayuntamiento han apoyado siempre este proyecto cultural, convertido ya en un verdadero emblema para Archidona.



A continuación intervino Juan Luis Espejo Lara que manifestó el enorme esfuerzo que supone editar y poner en manos de los lectores cada nuevo número de la revista, especialmente este, que supera las cuatrocientas páginas. Recordó que detrás de cada número hay una intensa labor de coordinación entre autores, Consejo de Redacción, que evalúa los artículos mediante el sistema de pares ciegos, y Equipo de Edición; por fin, tras una minuciosa y esmerada labor de  maquetación (composición, montaje, corrección de estilo, revisión de galeradas…), llevada a cabo por Marta Moliz, la revista llega a imprenta.



Durante todo el proceso, la estrecha cooperación entre el Equipo de Edición (secretaria, maquetadora y director), autores, colaboradores y concejalía de Cultura hace posible que la imprenta plasme en papel el compromiso de un grupo de personas involucradas en la conservación y difusión de la historia y patrimonio de Archidona y su comarca.

La revista mantiene las habituales secciones de números anteriores, aunque se ha incorporado un nuevo apartado denominado “Estudio” dedicado a trabajos de mayor extensión y profundidad.

En este número, la cubierta presenta la imagen de la cabeza de Blas Infante, alumno de las Escuelas Pías, obra de Martínez Labrador, ubicada en el patio del IES Barahona de Soto. Dicha obra es analizada por Francisco Jiménez, albacea del artista.



Sole Nuevo glosa en el editorial el papel de “la palabra” como patrimonio de los pueblos y pieza relevante de la memoria oral.

Seis artículos y un estudio constituyen los trabajos de investigación de este número.

Dos artículos tienen como tema la emigración archidonesa, tanto de corto radio como transcontinental. El primero de ellos, realizado por Isabel Rodríguez, estudia el traslado, en 1572,  de 26 familias archidonesas a la localidad malagueña de Canillas de Albaida para asentarse como colonos, buscando nuevas oportunidades. En el segundo trabajo, Lorena Castillo, utilizando los expedientes de información y licencia de pasajeros existentes en el Archivo de Indias, para acercarnos a las vidas de paisanos que, atraídos por esperanzadores comienzos, decidieron embarcarse hacia el Nuevo Mundo.



Otros dos trabajos nos acercan a la obra de sendos personajes archidoneses, uno de ellos de adopción. José Luis Nuevo, con su trabajo, pone en valor la figura del arabista y poeta archidonés Emilio Lafuente Alcántara, editando con pulcritud su poema histórico-legendario sobre la frontera granadina titulado La Cautiva, publicado por entregas, en el año 1855, en el Semanario Pintoresco Español. Por otro lado, la trayectoria vital y artística del escultor Jesús Martínez Labrador es recorrida por su discípula y amiga, Paula Castro, con un sentido afecto y cercanía; no se trata simplemente de un catálogo de su producción artística sino de mostrar la experiencia de vida que palpita en cada una de sus obras.




Juan José Pastrana, presenta un documentado artículo sobre la evolución demográfica de Archidona y pueblos integrantes del antiguo señorío a través de los datos proporcionados por los censos de población, primitivos y modernos, desde el siglo XVI al XXI.



Presente en la toponimia y en el recuerdo, la ermita de San Sebastián es un fragmento más del patrimonio archidonés desaparecido que, afortunadamente, Juan José Jiménez recupera con su excelente y novedoso trabajo.



El estudio de dos insólitos documentos: un anónimo libelo y un panfleto satírico, da pie a Manuel Garrido para realizar un profundo trabajo de reconstrucción de una de las familias más pujantes de la Archidona del siglo XVIII: los Checas. No se trata de un trabajo genealógico, sino de un exhaustivo análisis de los resortes del poder empleados por la oligarquía local para controlar el municipio.



En Documentos para la Historia de Archidona, Ana Díaz Sánchez, presenta una nueva fuente cartográfica: los planos catastrales, tanto de naturaleza rústica como urbana, del término municipal de Archidona, disponibles para su consulta en el Archivo Histórico Provincial de Málaga y, digitalmente, en la Sede Electrónica del Catastro.

La Reseña Bibliográfica se dedica a una obra esencial para el conocimiento del patrimonio histórico-artístico local: la Guía Artística de Archidona de María Dolores Aguilar. Jacinto Muñoz Nuevo, discípulo de la historiadora archidonesa, nos conduce, guía en mano, por las calles y monumentos de Archidona en un sugerente recorrido.



Cierra la revista un colofón que recuerda que están a punto de cumplirse noventa y cinco años de la puesta en marcha de la Misiones Pedagógicas, el ilusionante proyecto  que llevó la cultura por los pueblos de España.

El acto concluyó con la intervención del concejal de Cultura, Pablo Garrido, quien  tuvo palabras de agradecimiento para todas las personas que trabajan para que la revista continúe su labor de difusión y conservación de la historia y el patrimonio de Archidona y su comarca. Como cierre simbólico, y por primera vez, se hizo entrega de un pequeño obsequio a los autores y a los miembros del Consejo de Redacción presentes, como   reconocimiento a su dedicación y compromiso con Rayya.


Resto de imágenes: Marta Moliz.


jueves, 18 de diciembre de 2025

Felicitación navideña

 


Pintura al óleo, el soporte formaba parte de una puerta antigua que Jesús Martínez Labrador desarmó para usar los cuarterones como tabla para pintar, y aprovechando el borde a modo de marco. Recibieron las tablas enteras una capa de preparación con óxido de hierro malagueño que se aprecia en el marco. 

Se trata de un bodegón de un jarrón con jazmines, rememorando todos los jazmines que recogía por el camino para llevarlos a Jesús, y su amor por estos, que aparecen mencionados en muchas de sus cartas y poemas, como un símbolo de fortaleza y dulzura. 

Autora: Paula Castro Carralero. Verano 2024.