Otras miradas sobre la Historia de Archidona y la Guía Artística de Archidona
Han pasado muchos años desde que se publicaran dos obras emblemáticas sobre la historia y patrimonio de nuestro pueblo: la Historia de Archidona ha cumplido más de medio siglo desde que allá por el año 1973 llegara a manos de los lectores; la Guía Artística de Archidona, editada en 1984, aunque rejuvenecida y reeditada en 1992, ya ha pasado a una etapa cuadragenaria. Pese a su madurez, ambas obras constituyen un imprescindible venero de información para todo aquel que se acerque a conocer el pasado de Archidona; una y otra son suficientemente conocidas y han sido reseñadas por especialistas en la materia en sendos números de Rayya (17 y 21). Sin embargo, creemos oportuno ofrecer un acercamiento a estas obras y a sus autores desde una perspectiva no académica, sino personal, familiar, de amistad; y para ello, nadie mejor que los recuerdos de una hija y de un buen amigo. Los testimonios y comentarios que siguen, de Jesús Nuevo Ábalos y de Belén Ceballos Aguilar, revelan las vicisitudes que Ricardo Conejo y M.a Dolores Aguilar debieron afrontar durante el arduo proceso de investigación y redacción para obsequiarnos magnánimamente con sus libros.
Animamos a compartir en este blog la visión personal de amigos y conocidos de
los autores (Ricardo Conejo y M.a Dolores Aguilar) y los comentarios
de sus lectores.
Juan Luis Espejo Lara. Director de Rayya.
Curiosidades personales sobre la realización de la obra
Historia de Archidona de D. Ricardo Conejo Ramilo
Jesús Nuevo Ábalos
A finales de 1972,
mi padre Víctor Nuevo me llama y me comenta que D. Ricardo ha hablado con él
para pedirle permiso para que yo acuda hasta su casa y le ayude a corregir un
libro que está escribiendo. Mi padre no sabe explicarme más, pero me dice si
estaría dispuesto a acudir por las
tardes entre semana. Yo acepto y me mantengo con una curiosidad muy alta, pues
tenía mucha inquietud por todo aquello que sonara a historia, que el propio D.
Ricardo conocía por mi participación en un grupo de arqueología que tenía con mis
amigos.
Así que una tarde, y luego
durante unos cuatro meses, casi siempre sobre las cuatro, me dirigía hasta su
casa en la calle Carrera donde él estaba.
He de decir que lo que les voy a relatar para nada tiene que ver con el rigor que requiere la Historia, y solo es eso, la vivencia personal que yo tuve con él y su obra: Historia de Archidona.
He dividido el relato en pequeñas partes para así hacerlo más fácil de entender para ustedes, los que lo van a leer, y para mí, a la hora de organizarlo y presentarlo.
La Acción.
Desde ese primer día, en el que acudí hasta su despacho, él me recibió con gratitud por estar allí. Me explicó que nuestro trabajo consistiría en:
- "Corregir las pruebas de imprenta sobre un libro de la Historia de Archidona que he escrito. Tendremos que cotejar el original con esas pruebas y buscar los fallos o errores de ortografía y formato, alguna que otra discrepancia entre los datos y las citas y, también, si algo se ha omitido o pueda resultar redundante. Además, que se respete el orden que he querido proporcionarle. Esto quiere decir que tendremos que darle varias vueltas al libro hasta dejarlo pulido y sin ningún fallo."
Y de esta manera, me ordenó que me sentara frente a él en la mesa de trabajo de su despacho donde realizábamos dicha corrección.
Yo comenzaba a leer el original, sin dejar de omitir palabra alguna o signo, como qué tipo de punto era: si seguido, o punto y aparte, o cualquier otro. Cuando venían nombres propios, o en latín, los deletreábamos. Y cuando encontrábamos un fallo, lo marcábamos sobre la palabra que lo contenía, por ejemplo, con una L invertida, repitiendo la misma marca en el margen en blanco de la prueba que corregíamos, para advertirle a la imprenta que ahí había un error.
Todo el original estaba limpio e
impoluto, escrito con una máquina de escribir eléctrica de la marca IBM, que
utilizaba una bola donde se alojaban los caracteres y cuyo resultado final,
parecía haberse sacado ya de una imprenta. Para mí aquello era toda una novedad desconocida hasta ese momento. Para
realizar todo ese basto, y a la vez fino trabajo, de escribir el tomo que resultó, creo que se ayudó de un
mecanógrafo profesional: Antonio Muñoz Xerna, por las referencias que me hizo
en más de una ocasión.
Cuando gané su
confianza y ya le habíamos dado la primera vuelta al libro, yo me llevaba a
casa el original y la prueba de imprenta y los corregía solo otra vez,
depurando así cualquier olvido.
Al terminar cada tarde las
correcciones, las metía en un gran sobre que cerraba y en el que rotulaba una
dirección que no he llegado a olvidar, por el número de veces que la escribí,
para certificarlo al día siguiente en Correos: "Litografía
Anel, San Vicente Ferrer 13. Granada".
Durante los meses
que duró aquella aventura para mí, acudí siempre con mucha ilusión, pues cada
día era una inmersión, no solo en la historia de mi pueblo, sino también en las
anécdotas que me contaba, y de las que les referiré algunas. D. Ricardo hacía aquello
con tanta pasión, que me contagiaba y me transportaba a nuestras calles con los
personajes que aún parecían habitar en mi pueblo y que me eran invisibles.
No había pausa en el empeño de
repasar una y otra vez pruebas y más pruebas. En pocas ocasiones fue interrumpido nuestro trabajo, y cuando
sucedía, porque se presentaba una urgencia médica, cuando esta era despachada
lo retomábamos inmediatamente.
Algunos días lo encontraba
cansado, después de haber empleado toda su consciencia en la consulta clínica
que pasaba en la mañana. O porque había trasnochado, leyendo algún legajo sobre
el que trabajaba en el Archivo Municipal, o contrastando con obras de otros
autores. Lo sentía muy concienzudo con todo lo que hacía. En esas tardes, y
cuando yo le leía y él corregía, se quedaba dormido con el arrullo de mi voz;
lo dejaba estar, pues creía que necesitaba dar una cabezada, hasta que
despertaba por el ruido de un coche pasando por la calle, y entonces se
sobresaltaba y me decía: -"Repite
desde el último punto". Aquello, me parecía, que le hacía
sentir vergüenza, por lo que disimulaba y comenzábamos de nuevo como si aquello
no hubiese ocurrido.
Todo esto se repetía dos, tres veces en la semana, hasta ese día final en que se envió la última corrección, allá por la primavera de 1973.
Cuando finalizamos, me mostró su agradecimiento y me dijo que sentía: -"no incluir tu nombre como agradecimiento en algún lugar del libro. Pero quiero decirte que el primer libro se lo he ofrecido a mi madre, y este segundo será para ti”. Y lo abrió, busco una página interior, como el que busca un lugar seguro e íntimo, y en la página 9, debajo de los dos epígrafes que hay, me escribió con su bonita caligrafía:
"A don Jesús Nuevo Ábalos -mi amigo Jesús- con el agradecimiento a su colaboración en la difícil, compleja y paciente labor de corregir pruebas… y más pruebas. Siempre recordaré esta colaboración. 12-9-73 El Autor."
El Lugar.
Tiene el lugar, también, un recuerdo para mí muy
anecdótico por cosas singulares. Cuando
accedía a la casa lo hacía por la entrada de la calle Carrera. El zaguán era,
además, la sala de espera para los pacientes que acudían a su consulta. Un gran
banco de madera de pino situado a la izquierda ya indicaba dónde te
encontrabas. Sobre la pared de ese espacio, algunos
carteles advertían sobre algunas reglas a cumplir: "La
consulta es de 11 a 1:30 y no de 1:30 a 11”. Cuando le pregunté
sobre este mensaje, me decía que siempre venía algún rezagado a última hora y lo tergiversaba, así quedarían
advertidos. No le gustaban los representantes médicos, siempre dispuestos a
interrumpir y a contar sus retahílas interminables como casquivanos. A ellos se
refería en un cartel: "A
los señores representantes. Corresponde al
dueño de la casa iniciar el saludo y no al que viene de la calle (sacado de un
libro de cortesía chino)". Y cuando alguien venía con
instrucciones de otros les advertía: "Está
prohibido recetar lo que dice otro
médico, la vecina o el jefe de policía".
La entrada estaba franqueada por
una sólida cancela de hierro forjado y pintado de blanco. Mostraba un gran patio interior que siempre estaba
inundado por la luz que se colaba por
su techo acristalado. Al frente, un gran mosaico con la Virgen del Carmen,
flanqueado por dos farolillos, y adornando todo el espacio plantas de
aspidistra y una gran costilla de Adán. A los lados del mosaico arrancaban las
dos escaleras, que se unían formando una meseta sobre el mosaico para, de nuevo, divergir hasta llegar a la galería
superior, donde una gran cristalera hacía vislumbrar una habitación que
ocultaban unos visillos y tras los cuales, se podía ver el techo y una gran
lámpara.
Cada tarde, al
llegar, tocaba el timbre en la parte derecha de la cancela. Normalmente salía
el mismo D. Ricardo a ese patio interior y entonces, emitía un silbido, tras el
cual, se dejaba ver en la galería
superior del patio una de las chicas que trabajaba para la familia, que
dirigiéndose hacia una grande y larga soga que pendía de la baranda y la
recorría hasta descender a un pequeño nicho, situado a la altura de la
cerradura de la cancela, accionaba el mecanismo que la abría.
Una vez dentro, y hacia la
izquierda, nos dirigíamos a su despacho-consulta, atravesando una puerta
costosa de abrir. En invierno, debido a las humedades, creo que no había casa
en el pueblo que no sufriera con las puertas de madera. Estas se hinchaban y
dificultaban su apertura, teniéndolas
que empujar para vencer la resistencia que otro parecía estar haciendo en
sentido contrario.
Él, ataviado con
su bata blanca de médico, y cuyos puños se cerraban sobre las muñecas, mostraba pequeñas manchas de
tinta en los antebrazos. El bolígrafo era una herramienta imprescindible y casi
siempre llevaba uno en la mano, o en sus bolsillos. Me abría paso hasta aquel
su santuario y me pedía que no tocara nada. Entonces realizaba un ritual propio
de su oficio y que repetíamos todos los días. Cogía un frasco de los que se
usan en los laboratorios, estrecho por su cuello, que lo cerraba un tapón del
que salía un tubo curvado. Me decía entonces: -"¡¿el
chorrito?!", y empujando las paredes del frasco dejaba caer
sobre mis manos un poco de alcohol. También en las suyas, y después, sobre el
cristal que cubría la mesa. Cuando
todo estaba limpio, como si fuera un pequeño altar, sacaba el sobre con el
original y las copias a corregir, para extenderlo sobre la mesa y comenzar
nuestro trabajo.
La habitación,
en forma de escuadra, estaba ocupada en una de sus ramas por mobiliario propio
de una consulta: mesa, vitrinas, una camilla y una ventana con cristales
esmerilados, los cuales nos proporcionaban suficiente luz, y a la vez ofrecían
la privacidad necesaria para la actividad principal que allí se desarrollaba.
En la otra rama de la escuadra, un aparato de Rayos X, la Pantalla como se le
llamaba coloquialmente. Junto a ese gran armatoste estaba la silla que yo
utilizaba y sobre ella, el delantal de plomo, para proteger al explorador. Una
gran estufa eléctrica nos proporcionaba un discreto calor.
Y por supuesto,
no me puedo olvidar de un objeto curioso que se encontraba sobre la mesa. En
aquellos momentos, fumar estaba permitido hasta en las consultas médicas, y
así, sobre la mesa, había un extraño artilugio que tenía una base rectangular
de apariencia de madera oscura, no
más grande que una cuartilla. En un extremo, sobre la placa, había una caja del
tamaño de una cajetilla de cigarrillos, al otro lado, un pájaro que parecía una
cigüeña. Desde un costado se accionaba una palanca y entonces la cigüeña se
adelantaba y se encorvaba para dirigir su pico hacia la caja, la cual abría su
tapa superior, dejando al descubierto los cigarrillos que contenía. El pájaro
tomaba con su pico uno de los cigarrillos que era ofrecido al fumador.
Un día se levantó y, tras abrir una de las vitrinas que tenía colgadas en la pared, sacó una plancha de cobre, con la que debieron de confeccionarse las litografías de sor María del Socorro Astorga Liceras. Me habló de ella, su parentesco, dónde vivió y la devoción que se le profesó; de su enterramiento dentro del convento de las Mínimas y de cómo había pasado al olvido, como tantos otros personajes. Fue un singular descubrimiento.
Lugares curiosos y, para mí, desconocidos.
En las muchas horas que debió echar para recopilar toda la información que contenía su Historia de Archidona, le llevó a conocer detalles sobre casas, calles… Y cuando las describía de forma oral, a mí me resultaba una historia más de la cotidianidad de un pueblo donde vivían gentes muy parecidas a las actuales. Por ejemplo, me relató cómo la calle Siles se denominó así porqué en ella vivían dos hermanas, que emparentó con mi abuela. Eran las hermanas Gil, y de esta, Giles, en las transcripciones. La G manuscrita (G) se transformó en S por algún error del escribano, y de ahí, me decía, pasó a ser Siles.
Me describió el
paso de José Bonaparte (Pepe Botella) por la Villa, y cómo fue a alojarse en la casa que hoy es un solar en la calle Carrera,
cerca de la calleja Estrecha.
En mis fantasías, me imaginaba en aquellos días cuando la casa aún
permanecía en pie, y pude entrar para verla, oír el trasiego de la gente y
mirar entre los visillos de las ventanas del piso bajo a tan ilustre y poco
querido visitante.
Un poco más allá de su casa, camino de los Poyos, intuí que debía empezar la citarilla que creo se extendía hasta ese mismo jardincillo. -"Fíjate en todas las casas de esta acera, cómo están en un nivel superior a la calle” me decía. Y así imaginaba, con su relato, cómo fue demolida la citarilla después de que unos emisarios de la reina Isabel II se desplazaran hasta Archidona, con sus varas de medir, y les indicaran a las autoridades que debían derruir esta, para que el carruaje de la reina pasará camino de Antequera sin dificultad.
También me relató cómo en una enciclopedia de finales del XIX figuraba que la estación de ferrocarril de Archidona estaba situada en los Molinillos, pues en un primer proyecto se pensó que el tren entrara por las Huertas del Río, y subiendo todo el Arroyo Marín, se encaminara por ahí hasta Salinas, dirección a Granada.
Y otra de las que me resultó más
curiosa fue la de cómo un Alcalde o Corregidor, lleno de rabia y dolido por un
accidente nocturno que casi le abre el cráneo, decidió que se eliminaran todos
los cierros que poseían las casas en su planta baja y que ocupaban una parte de
la calle, como los podemos ver en poblaciones de la Andalucía Occidental, como
Osuna. En algunas casas de las calles Carrera y Nueva aún se pueden ver estos
cierros, pero retranqueados de la fachada principal.
Personajes que me impactaron.
Para mí había tres
personajes que me llamaron la atención, bien porque me recuerdan a Archidona
fuera de ella, o bien por el relato con los que D. Ricardo me deleitaba
hablando de ellos.
El primero y más
anónimo, y que todavía permanece así para la gran mayoría de los archidoneses,
fue fray Martín de León y Cárdenas. Me contaba D. Ricardo que D. Diego Vázquez,
director del antiguo Colegio Menor,
que ocupó el lugar que hoy es el Ayuntamiento, le pidió un nombre de un personaje
ilustre que nombrara
esta institución. La elección recayó sobre este padre agustino que llegó
a ser obispo en Pozzuoli, junto a la ciudad de Nápoles, y arzobispo en Palermo
(donde está enterrado). Para mí era todo un héroe, y más cuando poco a poco fui
conociendo muchas de sus obras en aquel reino lejano. No pude dejar de buscarlo
y conocer los lugares que él vio y en los que dejó su huella.
Me llené de
satisfacción la primera vez que visité Pozzuoli, y vi la estatua que aún se
conserva de él desde el XVII en la plaza de la República. Y cómo las gentes de
aquel lugar todavía hablan de él como benefactor, después que la ciudad
sufriera muchos daños materiales y humanos por un terremoto y mantienen su
imagen en ese lugar, no sin cierta superstición, para que no vuelva a repetirse tal calamidad. Pero lo que más me
gustó es que en un lugar tan remoto, me dijeran que era natural de Archidona,
cosa que aquí es tan desconocido.
Otro personaje
que me hablaba de mi pueblo lejos de él, y que traía para mí el recuerdo de estos días con D. Ricardo, era el
almirante Augusto Miranda Godoy. Existe en la ciudad de Maó, en la isla de
Menorca (Baleares), una plaza que llaman "La
Miranda" y en ella hay un gran busto de este, nuestro paisano.
Desde hace más de una década, visito casi anualmente esta ciudad, y no puedo
resistirme el ir hasta allí y contemplar las hermosas vistas que tiene este
lugar al fondo de la bahía del puerto, donde se ubica la ciudad, frente a la
base naval que él proyectó y por la que lo recuerdan en la isla.
Por un lado, los hechos, en los que se le inculpa a Ricardo Peris Mercier por el asesinato de Manuel Palomero y Moreno y su esposa, Dolores González Sánchez de la Fuente. Me parecía estar en la calle Carrera, allí cerca de los Poyos, donde sucedió todo, y oír el ruido de la explosión, los vecinos saliendo despavoridos ante el gran ruido, cristales rotos, fuego. Y sobre todo, la escena del cuerpo mutilado de él, y ella sangrando al otro lado de la mesa. Después vendrían las investigaciones y el papel fundamental desempeñado por los peritos, que fueron los escolapios, los disfraces del autor para entregar la explosiva mercancía, los peritajes caligráficos y todos los que de alguna manera indirecta intervinieron y luego fueron testigos para inculpar al autor.
Y por otro lado,
la existencia de un libro contando esta historia y que estaba en la biblioteca
de los escolapios. Una edición de finales del XIX que fue sustraída y pasó por
varias manos, o tuvo muchas manos que querían poseerla. Todo un relato que me
emocionó al escucharlo y leerlo en ese ejemplar, tan querido por algunos.
Recuerdos de una madre. María Dolores Aguilar: conciliación familiar,
dedicación docente y constancia investigadora.
Belén Ceballos Aguilar
M.ª
Dolores Aguilar García, mi madre, nació el 6 de junio de 1946 en Archidona, en
medio de una gran tormenta que arrasó la cosecha estival pero tomándolo como
buen augurio por los truenos y relámpagos que fueron compañeros de su primer
llanto.
Nació
en una casa preciosa volcada hacía la Vega en una terraza amplísima, con
baldosas grises, acompañada de un patio donde una pila de piedra recibía un
constante caño de agua, como si de plata derretida se tratase.
Terminaría
viviendo en la que sería su casa en Calle Carrera 14, lugar de nacimiento de su
único hermano, Pepe.
Recuerdo
como mi madre nos contaba que a los 6 años la llevaron interna a Granada, en el
Sagrado Corazón. Ahora adulta puedo darme cuenta de que esos años fueron
difíciles para ella. Mientras el colegio la preparó para su gran éxito laboral,
la “niña” vivió a la distancia de sus seres más queridos. Más tarde, su abuela,
La “señá Clementina”, se mudó a Granada mientras duraron sus estudios
universitarios en Filosofía y Letras, H.ª del Arte.
Ahora
puedo ver que esta experiencia de vida, aprender a sostenerse en lo incómodo
que le fue presentando la vida junto a una gran voluntad en el trabajo, dotaron
a mi madre de una sólida formación que le permitió desarrollar una actividad
profesional de la que son testigos los cientos de alumnos que aún hoy la
recuerdan. Mi madre fue una de las pioneras como mujer en realizar un puesto de
trabajo, en lo que hoy llamamos, conciliación laboral.
Ella,
cada tarde preparaba sus clases del día siguiente, buscaba la diapositiva
perfecta para explicar un tipo de arco o cualquier detalle que creyese
importante. Muchas de estas fotografías las realizaba mi padre en sus viajes
que siempre, por supuesto, estaban inmersos en la Historia del Arte.
La
recuerdo siempre investigando, en el archivo de la Catedral de Málaga e ideando
el próximo libro que iba a escribir. Aunque era muy niña cuando se publicó la
primera edición de la Guía Histórico-Artística de Archidona (1984), recuerdo
parte del proceso. En su mesa de estudio con dedicación, constancia y con un
detalle exhaustivo, pasaba horas y horas. Sencilla como era, en una cajita de
galletas, abiertas por arriba, tenía con recortes pequeños de papel, las notas
de pie de página que luego irían en el detalle del libro. Y buscando
patrocinadores para el libro. Esta primera edición corrió a cargo de la
Diputación de Málaga, la segunda ya fue el Ayuntamiento de Archidona quien la
publicó.
Hace
unos años conocí a Bartolomé Ruiz González, quien ha sido director del Conjunto
Arqueológico Dólmenes de Antequera. Cuando me presenté y, con el paso de la
conversación, comentamos que era la hija de M.ª Dolores Aguilar, enseguida sus
palabras fueron de elogio hacia ella. Durante muchos años Bartolomé Ruiz ocupó
puestos de Dirección General en la Junta de Andalucía, ligados al patrimonio
Cultural. Y me contó cómo mi madre nunca cesó de escribirle cartas a puño y
letra, al comienzo, reivindicando retablos, imágenes, etc., de Archidona. Todas
estas peticiones eran apoyadas por su investigación, donde se refería la
Historia de nuestro pueblo y de nuestro patrimonio cultural. Y cuando acababa
un proceso de petición, habitualmente con éxito, a los pocos días, con su tesón
y constancia, llegaba otra carta y comenzaba otro nuevo proceso.
El
papel que desarrolló en la sociedad y su amor a sus raíces han sido evidentes
en todo lo que realizó por su querida Archidona, presente siempre en su
trabajo, en sus reivindicaciones y en la vida; la investigación, defensa y
recuperación del patrimonio que ella llevó a cabo empezó en su preocupación y
ocupación por este rincón tan querido, pasando luego a una posición militante
en la conservación y divulgación del patrimonio andaluz y español.
Yo
estoy segura que desde el cielo en un lugar privilegiado cerca de la Ermita de
la Virgen de Gracia, tiene a Archidona y a sus calles frente a ella.
Desde aquí animo a todos los archidoneses a seguir investigando y defendiendo la historia de Archidona y a hacer todo lo que hay en nuestra mano, cada uno desde sus oficios, para hacer a nuestro pueblo a avanzar, crecer y desarrollarse. Para ofrecer servicios y afrontar los desafíos que se nos presentan en años venideros, con la finalidad de que Archidona esté entre los primeros pueblos de la provincia.



















